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Obro la tapa de l’ordinador, premo el power, espero que s’encengui la pantalla i començo a omplir un espai blanc i infinit, com una llengua blanca i ansiosa.
Escric i escric paraules, articles, adjectius que vesteixen paraules nues i noves, adverbis de temps que donen pes als instants: SOVINT, SEMPRE i MAI, imperatius absoluts i determinants, verbs que marquen l’acció dels pensaments i descriuen els fets… V BAIXES, EMES, DES, vocals A, O, E… conjuncions PERÒ, COM… Milers de paraules, lletres i sons que en conjunt prenen sentit, forma i autoritat, disfressen idees i conceptes que comunicar… fins arribar a la ZETA l’última lletra del nostre abecedari, aquella que mai usem si no estem en el parc de les bèsties, la de la sonoritat sonora i intensa, la quasi invisible, la que marca un final i el principi d’un precipici… la de l’infinit del llenguatge, aquell que no s’expressa ni amb lletres, ni amb adjectius, verbs o adverbis. La del final més absolut, la ZETA.
(escrit 2006)
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Se volvió a colar en su vida. Prometió que nunca más le volvería a suceder y sucedió. Sucedió de la manera más simple y sorprendente a la vez. Un mensaje fue suficiente para provocarle ese estado de ausencia y gloria inaudita, uno de esos momentos en los que te encuentras en un espacio sin tiempo, en una paz absoluta contigo mismo y con el mundo, un momento en el que lo que te pasa por delante, pasa, simplemente pasa.
Miró la pantalla por enésima vez, hasta que cansado de esperar que las letras se movieran solas, guardó el móvil en el bolsillo, giró la bufanda tres veces sobre su cuello, se colocó el casco con sumo cuidado y encendió el motor.Los coches, la gente paseando arriba y abajo, los neones de las tiendas iluminando la calle, los cláxones, todo se iba sucediendo a su alrededor, todo daba vueltas a su alrededor pero sólo tenía la mirada fija en el carril y el destino marcando en su mente. La cabeza le iba a estallar, ese pensamiento se repetía una y otra vez – No hay garantías, no hay garantías – se decía.
Paró delante del portal verde y aparcó la moto. Se tocó el bolsillo, sacó el móvil y escribió:
- De acuerdo, mañana nos vemos. -
Fue ahí, en ese momento, que su vida ya no le pertenecía.
Le gusta dormir mucho. Le gusta salir a la calle y no tener que estar saludando todo el tiempo a los vecinos del barrio. Le gusta el silencio. Le gusta la música bien alta cuando las guitarras se pelean, cuando la percusión se acelera y los pies no pueden parar. Le gusta la música suave cuando la voz es el instrumento principal y la letra el todo. Le gusta la música de autor, el rock, el blues, el britpop, el mestizaje a dosis controladas, la guitarra y una voz, los temas de desamor, y de amor, las críticas ácidas bañadas de rock contundente, el susurro. Le gusta viajar y conocer otros mundos, visitar rincones olvidados, templos sagrados rodeados de paz y armonía, conocer formas distintas de acercarse al cotidiano, y vivirlo, le gusta que le expliquen historias, y realidades, le gusta comer platos que no conoce y hasta a veces atragantarse de picor! Le gusta vestir siempre cómoda, y sofisticada a veces, cuando el cuerpo le pide marcha. Le gusta verse guapa en el espejo y le encanta que le digan lo estupenda que está. Le gusta devorar libros aunque lo hace menos de lo que querría. Le gusta leer cómo los demás se emocionan o se hunden según la percepción de sus universos particulares, cómo respiran experiencias que para otros pueden pasar desapercibidas. Le gusta sentirse libre. Le gusta crear. Le gusta besar, y el sexo. Le gusta beber una copa de vino en compañía, cocinar para sus amigos y reunirlos para charlar. Le gusta pensar que todo cambio es para bien aunque a veces ese bien cueste en llegar. Le gusta que la abracen. Le gusta su casa.
No le gusta la mediocridad. No le gusta vivir a cualquier precio. No le gusta cómo va el mundo. No le gusta estarse quieta y no decir nada cuando vive cosas injustas. No le gusta que la maltraten con las palabras, ni con los gestos. No le gusta quien marea la perdiz. No le gustan los hombres que no van de frente, los que no se arriesgan a hacer el ridículo. No le gusta que le digan lo que tiene que hacer, que le vengan con cuentos morales, ni soporta las películas americanas con moraleja. No le gusta no hacer nada aunque a veces lo necesite. No le gusta sentirse sola y menos cuando está rodeada de gente. No le gusta pensar que el mundo es un lugar duro e injusto y que dependemos de otros a los que no podemos mirar a los ojos. No le gusta estar acompañada cuando no le apetece. Mi madre me dice que soy más rara que un perro verde.

